5 nov. 2012

'Butch Cassidy and the Sundance Kid': Dos hombres sin destino

    Pocos serán los que no hayan oído la canción Raindrops Keep Fallin’ on my Head de la famosa escena de la bicicleta, o que no se rían al oír a Paul Newman explicando, en castellano, que «El dinero no es nuestro». Antes de que Paul Newman y Robert Redford apareciesen juntos en la pantalla, George Roy Hill no podría haber predicho el prodigio interpretativo que habría de producirse. El director, cuyas películas desenfadadas y entretenidas ya gozaban del favor del público y la crítica, alcanzó el clímax de su carrera con dos filmes protagonizados precisamente por esta pareja de actores: Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and the Sundance Kid, 1969) El golpe (The sting, 1973). Son películas que cuentan con diálogos ingeniosos, bandas sonoras pegadizas y escenas sorprendentes, lo que las erige como grandes pasatiempos. Aunque en ambas los personajes principales son malhechores, son sobre todo el porte de Redford y la alegría innata de Newman, alejados de la rudeza que se atribuye socialmente a individuos de tal calaña, los que consiguen crear un sentimiento contradictorio en el público, que no juzga a los ladrones, sino que los acompaña. 

Butch Cassidy y Sundance Kid    Dos hombres y un destino, que narra las aventuras de los inseparables pistoleros Butch Cassidy (Paul Newman) y Sundance Kid (Robert Redford) desde Wyoming hasta Bolivia, es, en realidad, dos películas en una. La primera se funda en la persecución de ambos forajidos. Los pistoleros avanzan, se detienen y miran atrás expectantes, preguntándose, al igual que los espectadores, si les darán caza. Es aquí cuando comprendemos las identidades de los dos hombres, que conforman el hilo conductor de las dos partes en que se divide la cinta.  De ahí la exactitud del título original (Butch Cassidy and the Sundance Kid), que sólo nombra a los dos personajes, pero que no menciona sus objetivos ni sus acciones y que no pretende inculcar una idea acerca de lo que recaerá sobre ellos, porque Butch y Sundance son la razón misma de la película. Antes de ver el filme ya nos fijan el punto clave: la personalidad de los dos fieles compañeros. Así, nos encontramos ante un análisis de las identidades de estos antihéroes, contrapuestas pero complementarias. El rasgo distintivo más evidente es el de la contraposición entre idealismo –imaginación– (Butch Cassidy) y realismo –realidad– (Sundance Kid). De esta forma, podemos ver coherente que sea Butch el encargado de planificar los golpes por ser más imaginativo, pero resulta llamativo que también sea él el que piensa, con sus decisiones casi siempre correspondiéndose con proyectos descabellados. La siguiente tabla resume algunos de sus caracteres enfrentados. En ella se observa cómo la disparidad supera lo psicológico y se extiende hasta aptitudes físicas, dando solidez a los personajes. 

  
  Si la primera mitad del film tenía como objetivo desplegar la complejidad de la naturaleza que une a estos bandoleros, la segunda cobra un cariz más metafísico, aunque siempre desde el alegre desparpajo con el que firma George Roy Hill. La línea divisoria entre los dos bloques narrativos es el montaje fotográfico con el que se muestra el feliz período en el que los protagonistas viajan hacia Bolivia. Esta sucesión de imágenes actúa de tabique separador que, con su color sepia, inspira la nostalgia que sentirían los amigos al mirar hacia aquellos días previos a la supuesta mejor vida, días llenos de una felicidad que parecía augurar el destino. Es aquí donde, por intentar ser más amplio y comercial, yerra el título de la versión doblada al castellano (Dos hombres y un destino). Tras la prometedora mención a los dos hombres, la alusión al destino es fatídica en tanto que aniquila la reflexión. Lo que la denominación legítima no se atreve a afirmar, la española lo asegura: sólo hay un sino, único, inexorable. 

Butch Cassidy y Sundance Kid
    Lo que ocurre es que el tono simpático de George Roy Hill se cree incompatible con disquisiciones de mayor hondura. Craso error. La película no es tan seria, dirían algunos. Puede ser si la palabra «destino» se refiere al lugar al que se dirigen, a la meta de su viaje, es decir, Bolivia. Aun así, cabría preguntarse: ¿es destino lo que conduce las peripecias de los bandidos? ¿Pueden los personajes desempeñar alguna tarea distinta al vandalismo o están impelidos, estén en el país que estén, actúen de manera lícita o ilícita, a vivir como forajidos? Incluso cuando intentan dedicarse a labores más nobles, parece que su destino se les rebela y se encuentran convertidos, de nuevo, en atracadores. Si son honrados, si trabajan por un sueldo digno, el hado será el encargado de mancharles las manos de sangre. ¿El hado? ¿Es la mala fortuna la que les depara siempre situaciones de las que ellos desean escapar? Butch y Sundance poseen el don del carisma y podrían haberse empleado en quehaceres decentes; en su lugar, asaltan trenes y se regodean por su impunidad. Ante el peligro, mudan de ambiente, deciden convertirse en nuevos hombres y, sin embargo, sus veleidades impostadas se truncan y ellos acaban permaneciendo iguales. La solución a estos enigmas vuelve a estar en sus perfectamente desarrolladas personalidades: nos advierten de que no es una cuestión del destino, sino de su falso deseo de cambiar. No buscan redención porque no se arrepienten de sus infracciones y, si en algún momento lo hacen, es como único medio de escapar de una muerte segura, la única verdad que sí se atisba como fatalidad o como hecho ineludible.  A fin de cuentas, «El llegar a ser lo que se es presupone no barruntar ni de lejos lo que se es», como Nietzsche escribió en su Ecce homo. Justamente, cuando desisten de su huida, cuando dejan de barruntar nuevos horizontes seductores pero engañosos, su esencia se les manifiesta y entendemos, ellos y los espectadores, que los famosos Butch Cassidy y Sundance Kid son dos hombres sin rumbo y sin destino.

NOTA: Este artículo fue publicado originariamente en MDM Backstage.